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21 de febrero de 2017

COMO EL HOLANDÉS ERRANTE

Ella estaba en todos los puertos,
en todos los abrazos
y en todas las condenas,
pero nunca era la misma.
A veces calzaba sandalias de verano,
otras botas altas o zapatos de salón.
Era rubia, morena o castaña.
Se vestía de alta o de mujer bajita,
la melena lisa al viento
o con rizos enmarcándole la cara.
Nunca era la misma
ni tuvo tiempo de amarla.
A veces lloraba al despedirse,
otras anotaba en su agenda:
- A esta no la volveré a ver más-
Estaba en todos los puertos
pero nunca era la misma.
La arropaba la ternura o la sexualidad,
o era la pasota de turno con buenas curvas.
¿Qué importaba quién era?
Siempre se topaba con un agujero
que no tapaba el vacío que dejó la irreverente.
Su corazón no moraba en ningún pecho,
se quedó anclado en el vuelo de una falda,
y ya era tarde para recuperarlo.

© María Luisa Domínguez Borrallo      

© Fotografía de Jorge Lázaro